Presentamos

Julio Holgado: “En mi caso la literatura no es una opción, es una necesidad”

Miércoles, 27-03-2019           Mayte Bonilla Castro

Traemos a la sección de entrevistas de los miércoles a Julio Holgado, autor de Brokermaniac y de Los cazadores siempre son invisibles.

¿Desde cuando escribes?

Desde que tengo memoria emborronaba cuadernos con historias que surgían a la velocidad de mi caligrafía. Supongo que le ha pasado a todos los que consideran que su vida está ligada a la literatura. En mi caso la literatura no es una opción, es una necesidad. Sé que es un tópico, pero cierto en cualquier caso.

¿Cuales son tus referentes a la hora de escribir?

Por resumir y tratar de ser claro en este punto: Hammet y Chandler en cuanto a novela negra, Borges en cuanto a ingenio y precisión, Rulfo en cuanto a autenticidad y economía de palabras, García Márquez en cuanto a originalidad y éxito aunado de crítica y público, Henry James en cuanto a inteligencia y suspense, Conrad en cuanto a perfección.

¿Crees que las nuevas tecnologias ayudan al autor novel?

Las nuevas tecnologías permiten trabajar mejor el texto. Baste recordar que fenómenos como Cervantes no podían permitirse otra cosa que escribir el Quijote casi de seguido, o de lo contrario la única copia que manejaban sería algo ininteligible de tachones y remiendos. Hoy día esto es impensable, para bien de mi literatura.

¿Dónde te sientes más cómodo en el relato o en la novela?

Julio Holgado

Julio Holgado

El relato posee unos códigos de precisión muy exigentes. El desenlace debe lograr cuerpo y vida propia en apenas unas páginas, a partir de una introducción medida y un desarrollo casi matemático donde nada sobra y todo vive al servicio del desenlace final. La novela permite espacios paralelos a la trama central, recreaciones no imprescindibles de los personajes que sin embargo enriquecen el conjunto. Prefiero la novela, y me encantaría decir lo mismo del relato pero el hecho cierto es que la novela te permite hoy día en el mercado literario existir como autor, y el relato no tanto.

En Brokermaniac abordas el origen de la crisis en Wall Street, ¿por qué precisamente este tema?

Elegí el tema por vocación profesional dado que trabajo en un mundo cercano al fenómeno de Wall Street. Y lo elegí también porque los hechos acaecidos con la caída de Lehman Brothers en 2008, aparte de desencadenar la mayor crisis económica desde 1929, eran dignos de una trama novelada. Había una historia ahí, como la hay en cualquier lugar donde los egos y la ambición prevalecen, donde los villanos existen y los héroes apenas son necesarios. La tesis es la siguiente: todos, estando ahí, podríamos haber actuado así. O dicho de otra manera: ¿cómo pretendes convencer a un hombre de que lo que hace (conceder hipotecas basura, por ejemplo) está mal, si su sueldo depende de lo contrario? Creo que mucha gente, en sus respectivas circunstancias, podría reconocerse en esta pregunta. Los personajes de Brokermaniac desde luego que sí.

Háblanos de Los cazadores siempre son invisibles.

Kennedy fue cazado por Oswald, y este mismo, días después, se convirtió en víctima. Mientras lo trasladaban desde un cuartel de policía, Jack Ruby, un mafioso de poca monta, se escurrió entre la maraña de periodistas y agentes y disparó sobre el detenido. Si una cacería es una coreografía entre cazador y víctima, el título de esta novela puede referirse al cazador de Kennedy, o también a los cazadores de Oswald, quien, quizás, fue víctima y formó parte de la coreografía de su propia caza sin saberlo. En esta novela quise abordar el asesinato más conocido del siglo XX desde una perspectiva concreta. Básicamente los dos protagonistas del libro empiezan a investigar la historia de los cuatro asesinatos de presidentes de Estados Unidos: Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy. Su objetivo solo es vender, y empiezan a urdir teorías conspiranoicas y efectistas, pero se dejan llevar por el éxito y cada vez publican explicaciones más disparatadas. De esta forma, para cuando llegan al caso Kennedy, los dos investigadores ya están contagiados por la expectativa que ellos mismos han creado. De repente hay entre los dos división de opiniones, es decir una historia de egos. Porque cada uno se identifica con una de las dos partes: cazador y asesino, Oswald o Kennedy. La novela trata de responder a preguntas cuyas respuestas laten dentro de nuestra naturaleza. ¿Puede algo llevar a un hombre a obsesionarse con un presidente, a empaparse de su personalidad y de su historia hasta adivinar su comportamiento; a armarse de valor, a perder todo interés por su propio futuro y a urdir un plan para asesinarlo? ¿Qué ocurre cuando empatizas tanto con el asesino que crees que la cacería no fue como la cuentan?

¿Alguna costumbre a la hora de escribir?

Poner música instrumental, tener cerca una taza de té, y guardar horarios regulares no demasiado exigentes. Quiero decir que, por ejemplo, no sería capaz de escribir todos los días porque la inmersión en la trama es tan profunda que acabaría ahogado en mi propia fantasía, saturado de mí mismo. Así que suelo escribir un par de jornadas seguidas y dejar espacio de varios días hasta el siguiente intento. Me va bien así porque, tras varios días, cuando retomo la escritura la encuentro levemente lejana, ligerísimamente desconocida, como si me enfrentara al texto de alguien que no soy yo. Y eso me permite avanzar con algo más de objetividad y autocrítica.

¿Qué proyectos tienes?

Estoy finalizando una novela que conecta el mundo actual y frívolo del mercado del arte en Nueva York con el apasionante París de la ocupación nazi, a través del nexo de unión de una obra de arte que viaja en el tiempo y de mano en mano por una ruta variada de personajes y circunstancias. Es curioso, frustrante y revelador ver que nos empeñamos en encontrarle una justicia divina o natural a lo que nos pasa, cuando en realidad y de manera paradójica el destino premia a algunos y castiga a otros de manera aleatoria, sin atender a méritos ni miserias. Esta novela viene a defender que el “karma” (entendido como boomerang que te devuelve el bien o mal que haces), es una ficción deseable, un consuelo quizá, pero una ficción al fin y al cabo, y que, pese a lo que nos pese, la recompensa por actuar “bien” se reduce a la satisfacción personal cuando mucho. La novela viene a contar que en mundos de circunstancias extremas y de supervivencia (y París en 1940-1944 lo fue) el mejor “karma” es el del pragmatismo, y que si existe un boomerang por nuestras acciones, paradójicamente puede alcanzar a personas del futuro que no tuvieron culpa ni responsabilidad alguna con el conflicto pero que, por cosas del azar, heredarán sin merecerlo las consecuencias.

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