Presentamos

Andrés Hernández: “En buena medida somos el resultado de nuestras decisiones”

Miércoles, 10-06-2020         Mayte Bonilla Castro
Fotografía: Mayte Bonilla Castro

Tenemos con nosotros a Andrés Hernández Rabal, que después de publicar dos libros de relatos, El círculo virtuoso y otros relatos y Universos Adyacentes,  nos visita para presentar su segunda novela,  Atardecer en el templo de Debod

Tu nueva novela no tiene nada que ver con tus trabajos anteriores, ¿cómo crees que sigues evolucionando?

Supongo que voy evolucionando hacia un estilo propio. Solo hay dos formas de aprender a escribir: una es leyendo (siempre que se elijan bien las obras), y la otra es escribiendo. Con la práctica ves como casi sin darte cuenta dispones cada vez de más recursos, lo que te permite aproximar el resultado final a la idea inicial.

Con toda tu experiencia actual, ¿como planteas el trabajo según escribas relato o novela?

En realidad no es algo que me plantee a priori. No me gustan las clasificaciones simplistas, pero tengo que reconocer que soy lo que se llama un escritor brújula. Cuando empiezo a escribir una historia no suelo tener claro adónde me llevará la trama; y mucho menos cuál será su tamaño. Como curiosidad diré que esta novela empecé a escribirla para participar en un concurso de microrrelatos que organizaba un amigo en Instagram, y el límite era de 150 palabras. Pues bien, cuando me vino la idea, me senté delante del ordenador y escribí más de 1.000. Entonces vi que la historia daba para mucho más y le fui dando forma hasta convertirla en una novela.

Atardecer en el templo de Debod es una novela de difícil clasificación, ¿qué podemos encontrar en ella?

51rkD+1Xj2L (1)Sí. Suelo decir que cuanto más difícil resulta encasillar una obra dentro de un género, más me interesa. Esta novela no se puede englobar en ninguno de los géneros habituales. Hay historias de amor sin ser novela romántica, hay erotismo sin ser una novela erótica, hay hechos que se escapan de la lógica sin ser una novela de fantasía… Es una novela realista pero que parte de una premisa imposible, aunque tampoco la clasificaría como realismo mágico.

¿En qué se parece el personaje principal a su autor? Si es que se parece en algo.

Pues de entrada hay varias características que compartimos: es funcionario, escritor aficionado, políticamente incorrecto, serio pero irónico, le gusta la filosofía y tiene un fondo un tanto romántico. Dicho así podría parecer que tiene mucho de autobiográfica, pero la realidad no es esa. Si me encontrara en su misma situación no creo que obrara del mismo modo que lo hace el protagonista.

Uno de los temas de esta novela es el destino y el libre albedrío, ¿somos libres de verdad?

Más que uno de los temas diría que es «el tema», jugar con dos conceptos antagónicos como son el determinismo y el libre albedrío. Dudo que esa pregunta tenga una respuesta definitiva. En mi opinión, lo que nos hace libres es la libertad de pensamiento, y esta está amenazada continuamente por el dogma que nos tratan de imponer… o que permitimos que nos impongan. Es evidente que en buena medida somos el resultado de nuestras decisiones, pero no es menos cierto que el hecho de estar en un lugar determinado en un instante preciso, puede dar un vuelco a nuestra vida y hacer que se produzca un cambio radical en el que ni siquiera habíamos reparado con anterioridad.

De nuevo nos encontramos con que las relaciones humanas ocupan un lugar central en la obra, ¿será ya tu seña de identidad?

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Andrés Hernández Rabal

Sin duda. Como ya he dicho en otras ocasiones, la literatura (la buena literatura) nos habla siempre de la vida, y la vida es principalmente interacción entre individuos. A medida que nos vamos relacionando con los demás vamos descubriendo tanto las mayores grandezas como las mayores miserias humanas. No creo que exista una fuente de inspiración más vasta e inagotable que esa.

La situación de la literatura en la actualidad también tiene su espacio en esta nueva novela, como en Dilema lo tenía el arte, ¿también es un sello de tu estilo?

Sí. Soy más lector de clásicos que de literatura contemporánea, en la que con frecuencia encuentro obras de una superficialidad preocupante. Me cuesta entender como algunos libros que, de haber sido publicados un cuarto de siglo antes, habría que haberlos buscado en las librerías en la sección de literatura juvenil; y hoy resulten del gusto de lectores de más de 30 o 40 años.

¿Qué has aprendido hasta ahora con tu experiencia como escritor?

Muchas cosas, pero destacaría una: la capacidad de introspección. Escribir te obliga a adentrarte en los suburbios del cerebro en busca de ideas que ya se daban por olvidadas, pero que ahí están. En esos rincones oscuros es donde se encuentran cosas valiosas que, si lo son para mí, también puede que lo sean para los demás.

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